Siempre he sido una urbanita total. He pasado mi vida en Madrid ciudad, y consideraba que nuestro chalet de verano en una urbanización era “el campo”. No obstante, en los últimos años, según iba creciendo mi interés por un estilo de vida personal y familiar tradicional (y paralelamente por un modelo de sostenibilidad diferente al de la izquierda) fantaseaba con vivir en el campo.

Esa fantasía estaba cerca de hacerse realidad a partir de mi boda en verano, pues mi futuro marido comparte ese ideal de estilo vital. La idea era ir poco a poco acondicionando el lugar y haciendo reformas, viviendo a caballo entre allí y Madrid según la casa en el campo iba equipándose de comodidades.

Al parecer, lo de “poco a poco” no entraba en los planes del Señor. La declaración del estado de alarma por el coronavirus el 14 de marzo nos pilló aquí, con ropa para una semana, sin agua corriente, ni caliente, ni ninguna de esas reformas y comodidades pretendidas.

Podría escribir una entrada sobre lo difícil y duro que ha sido, pero creo que sería un reflejo muy pobre de lo que he pasado estos días aquí. Mi experiencia de inmersión campestre ha estado mucho más definida por la alegría, la ilusión y la felicidad al descubrir pequeñas grandes cosas que hacen que esta vida sea muy gratificante. Estas son seis que escojo porque no eran obvias para mí, no las esperaba al venir, sino que me han sorprendido al darme cuenta de ellas:

1. La vida en el campo tiene banda sonora

En mi casa de Madrid, tenemos ventanas con doble aislamiento para mitigar en lo posible los molestos ruidos externos. En cambio, aquí estoy siempre que puedo fuera, disfrutando del ambiente creado por los sonidos externos: el canto de los pájaros y el soplo de la brisa. Es una melodía que acompaña todo el día, pero que lejos de resultar distrayente o pesada, enriquece la vida como si fuera su banda sonora.

2. Las cosas son más satisfactorias cuando las hace uno mismo

Esto es contraintuitivo. Lo normal es pensar que uno disfruta más cuando se lo dan todo hecho, sin tener que mover un dedo, cuando las cosas le vienen dadas. Sin embargo, el elemento manual incrementa la satisfacción que proporciona cada resultado. No es lo mismo darse una crema que darse una crema hecha con flores recogidas en tu jardín. No es lo mismo comer un revuelto de ajetes que comer un revuelto hecho con huevos de tus gallinas y ajetes de tu huerto. Y no hablo solo de la calidad de los productos (que es un factor fundamental, pero no era inesperado). Es la sensación de haber tenido parte en el proceso productor, de ser un agente al servicio del mandato del Señor en el Génesis de someter la tierra.

Obviamente, uno no puede hacerlo todo. Pero se consigue una sensación muy similar cuando lo ha hecho alguien cercano, a quien puedes ver: otra persona de tu familia, un vecino, un agricultor o ganadero local que vende en tu cooperativa. Participas del fruto del trabajo de una persona concreta, no de un sistema.

3. La sostenibilidad es lo natural

La sostenibilidad en la ciudad se presenta como algo complicado y sacrificado, que requiere tiempo, formación, investigación y dinero. Ir a comprar a tiendas especializadas o tener que encargar las cosas por internet. Recorrerte todos los supermercados de la zona para encontrar algo de bienestar animal en cada uno. Renunciar a las ofertas. Nunca saber si estás pagando de más por una diferencia real o una etiqueta. Averiguar qué es de verdad sostenible y qué es mero greenwashing. Y hacer complejas cábalas para elegir si compras el producto de proximidad o el ecológico, el que no tiene tal ingrediente o el que no viene en envase de plástico… porque todo tiene ventajas e inconvenientes.

En cambio, en el mundo rural un estilo de vida sostenible deja de ser hipster y estridente, y se convierte en lo que siempre ha sido: la manera de funcionar sana y normal. Por desgracia, esto no siempre se cumple, ya que (afortunadamente por otro lado), el campo no supone un aislamiento total de la sociedad moderna; por lo que hay que seguir eligiendo con consciencia. Pero sale de forma mucho más natural. Puedes ir al supermercado si quieres, pero tienes como vecinos a los productores del queso cuyas vacas ves pastar en el monte. Puedes no reciclar si no quieres, pero tus residuos orgánicos van a venirte bien como estiércol. Puedes embadurnarte el cuerpo con químicos, pero esas plantas silvestres están mirándote para que las recojas. Y, en general, el ritmo de vida anima —al menos en mi opinión— al “slow living” o vida lenta, a decir no al consumismo desenfrenado por hobbie.

4. “El firmamento anuncia la obra de Sus manos”

El Salmo 19 se entiende mejor en el campo. Las luces de la ciudad nos han robado la luz del Creador. Siempre me ha fascinado el cielo estrellado, y es de las cosas que más he disfrutado en campamentos y excursiones al campo. Por tanto, en verdad este beneficio no ha sido tan inesperado… excepto por el hecho de que cada noche lo es. No pasa una noche sin que levante la mirada a lo alto antes de meterme en casa para ir a dormir. Y, sintiendo la pequeñez de una y la abrumadora grandeza de la creación, aumenta el pasmo que debió sobrevenir también al rey David al exclamar: “Cuando contemplo los cielos, obra de Tus manos; la luna y las estrellas, que Tú has establecido…¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, y el hijo del hombre para que de él te cuides?” (Salmo 8).

5. La vida en el campo te mantiene en forma

Me gusta hacer ejercicio, y ya simplemente poder entrenar al aire libre es un lujo. Pero la actividad va más allá del momento concreto del entrenamiento; en realidad, lo que más influye en la salud es todo lo que uno se mueve (o no se mueve) aparte. En el campo, siempre hay tareas que hacer para levantarte de la silla. Cuidar de la casa, las instalaciones al aire libre (piscina, gallinero, porche, barbacoa…), las plantas (huerto, flores, hierbas, árboles) y los animales te tiene todo el día en movimiento. De este modo, a pesar de que las medidas de confinamiento nos han impedido salir a pasear, algo que yo hacía todos los días en Madrid, no noto una bajada sino una subida en mis niveles de actividad.

6. La vida en el campo te enseña a aceptar con paz tus limitaciones

No vas a poder tenerlo todo “perfecto” en el campo, al menos no si quieres conservar tu salud mental. Intentarlo va a quemarte y hacer tu vida frustrante. Siempre hay diez mil cosas que podrías hacer, tantas ideas de cómo plantar cosas, tantos ejemplos de gente en redes sociales que hace más y mejor que tú, tantos tutoriales de do it yourself; y por supuesto tantísimas tareas que “deberías” hacer incluso varias veces al día, porque acabas de limpiar algo en el jardín y sopla el viento y vuelve a estar como antes.

Pero la conexión especial con la naturaleza que se vive en el campo te ayuda a tomar perspectiva. Hagas lo que hagas, el ciclo de la vida sigue su curso, sale el sol y anochece, las flores se abren paso entre la maleza, salen hojas y más tarde se caen, llueve y amaina. Y tu familia sigue siendo feliz por poder disfrutar de ti. Esto no es una oda a la pereza, ni significa que lo que hagamos no tenga importancia. Tenemos que esforzarnos por hacer todo lo que podamos, pero el límite a ese “lo que podamos” no es el agotamiento físico o las horas del día, sino la paz propia y familiar. Tus limitaciones no deben agobiarte, sino orientarte a lo que es más esencial: ¿cómo glorificas más a Dios?, ¿cómo haces más felices a los que te rodean?, ¿cómo mantienes tu corazón sereno?

“¿Qué saca el hombre de todos los afanes con que se afana bajo el sol? Una generación se va, otra generación viene, pero la tierra siempre permanece. Sale el sol, se pone el sol, se afana por llegar a su puesto, y de allí vuelve a salir. Sopla hacia el sur, gira al norte, gira que te gira el viento, y vuelve el viento a girar” (Eclesiastés 1, 3-6).

Esta perspectiva debería animarnos. La creación es algo más grande que tú, y todo está bajo el control de Dios. ¿Qué quieres recordar cuando seas anciano, lo impoluto que estuvo todo por tus afanes, o más bien todo lo demás?: el amor, el humor, la piedad, la profundidad, las conversaciones, la contemplación, los detalles, las reflexiones.

En resumen, me ha sorprendido muy positivamente cómo se ha acompasado mi vida cotidiana al ritmo del campo. No es “idílico”, no. Hay problemas, hay insectos, hay incomodidades, hay imprevistos, hay trabajo duro, hay frustraciones, hay inclemencias climáticas. Pero creo que los beneficios superan con creces los inconvenientes. Y esto es solo el principio, en circunstancias excepcionales y sin ninguna experiencia. Proseguiremos con ilusión la tarea de crear y cuidar de nuestro nuevo hogar rural.

Paola Petri Ortiz

Sed Dextera Tua

Deja una respuesta