EL FRÁGIL SISTEMA

Confinados en nuestras casas por el coronavirus no podemos más que sentirnos ciertamente impotentes y con la perspectiva de futuro más incierta que la mayoría hayamos vivido jamás. El virus que parecía poco más que una gripe ha sido declarado pandemia mundial por los globalistas de la OMS, y ha venido para cambiar radicalmente nuestras costumbres y nuestra forma de concebir el mismo sistema. Los hospitales están colapsados, las iglesias cerradas. Es una imagen aterradora, pero no pretendo asustar ni desanimar con este artículo, sino todo lo contrario. Sigan leyendo.

Ha quedado patente que el sistema es tremendamente frágil. Llevamos décadas trabajando duro para ser como dioses, cosa que aparentemente funcionaba, hasta que un bicho de 120 nanómetros de diámetro nos ha desbaratado el plan en un suspiro. La naturaleza más cruda y más real se ha reivindicado cruelmente contra nuestra inmensa fantasía: nuestra nueva civilización construida sobre la mentira de que la felicidad se sirve en mono dosis de entretenimiento sin fin y la concepción de que el contexto socio-emocional prima sobre la verdad de las cosas. Los que la fomentaron asisten ahora aterrorizados al desvanecimiento imparable de sus proyectos. ¿Dónde quedará la ideología de género cuando no sepamos si comeremos mañana? ¿Quién dedicará un solo segundo a atender el deterioro de los océanos cuando el índice de paro alcance el 30%? ¿Qué comeremos o vestiremos si hay desabastecimiento cuando nos han robado las manos, convirtiéndonos en seres dependientes de la técnica de otros para sobrevivir?

El mundo moderno, no exclusivamente en las grandes ciudades, está organizado de tal forma que todos dependemos de la ciencia de otros para el desarrollo de nuestro sustento básico. Empezando por mí y hablando en general, no cultivamos ni criamos nuestra comida, no tejemos nuestras prendas, ni siquiera nos cortamos el pelo. De hecho, tendemos a limitar nuestras capacidades a un simple click, creyendo que internet siempre estará ahí, que siempre habrá otros que hagan las cosas por nosotros. El producto de los agricultores, ganaderos, fabricantes de textil, del metal o plástico, de estos olvidados ángeles de la guarda, llegan a nuestras casas mientras cada engranaje del sistema funcione a la perfección, y esto, está demostrado, no tiene por qué durar eternamente.

En no muchos momentos de la historia nos hemos encontrado ante un fenómeno como este, pero en ninguno se ha expandido tanto y tan rápido ni ha encontrado a una civilización tan individualista y dependiente. La destrucción de la familia es la destrucción de la comunidad, y sin comunidad estamos desarmados. La muerte de la comunidad es el triunfo del “sálvese quien pueda”, producto de un liberalismo despiadado promovido en las últimas décadas y camuflado bajo muchos nombres. El gobierno y los medios de comunicación (o de propaganda política) están empleando todos sus recursos y esfuerzos a inocular en nuestros subconscientes mensajes como “todo va a salir bien”, tratándonos como niños. Salimos todos a aplaudir a los balcones a diario y entonamos himnos vacíos, que ni siquiera son nuestros, como “resistiré”, mientras miles de personas mueren, dejando familias destrozadas, impotentes, en vez de guardar cierto luto y tomarnos el asunto como adultos.

SEMBRAR EN TIERRA ESTÉRIL

Las grandes urbes modernas son auténticas ratoneras. Millones de personas habitamos pequeños núcleos, construidos verticalmente como colmenas para que todos, hacinados, podamos disfrutar de una porción del “progreso”. Estamos donde todo se propaga más rápido, como las enfermedades, ya sean físicas o espirituales. Rodeados de distracciones y entretenimientos, pretenden que olvidemos nuestras raíces, y especialmente la verdad inmutable de que todos vamos a morir, y se nos juzgará por nuestros actos, pensamientos e intenciones, y nuestro destino será la salvación o la condenación eterna. Debo reivindicar en este punto la vida sencilla en el campo. Aún con las dudas naturales que le han surgido a este urbanita que les habla. Aún con una inteligencia tan limitada para pronosticar con exactitud cómo funcionaría o para darles a ustedes la explicación perfecta que les haga creer que es lo correcto. Aún con todo, sé que estamos hechos para deleitarnos con la belleza y la verdad. Sé que somos católicos que buscan a Dios en todas partes, y que por mucho que nos empeñemos, nos será prácticamente imposible recoger buen fruto si sembramos donde apenas crece nada. Y no me refiero a la ciudad física, sino como centro de operaciones del demonio.

EL CUARTEL GENERAL 

Algunos pensarán que aquí buscamos el aislamiento total del mundo, que perseguimos el sueño idílico de una comunidad cristiana sin fisuras al estilo Amish, en el que no haya electricidad, ni paganos, ni cuchillas de afeitar, cuando somos bien conscientes de que la misión del cristiano es dar gloria a Dios en todas sus formas y expresiones. Todo esto pasa por estar abiertos al mundo sin ser del mundo.

Una guerra, una guerra real, es algo terriblemente complejo, y el buen general tiene que ocuparse de tantas cosas, tener en la cabeza tantas cosas, que no es extraño que muchos de ellos hayan pasado a la historia como grandes genios: hay ofensivas, asedios, líneas de aprovisionamiento, población civil, moral de victoria o de derrota, armamento, entrenamiento, hospitales de campaña. Descuidar cualquier aspecto puede comprometer la guerra entera.

La nuestra es la guerra más importante, la definitiva, y aunque conocemos su resultado final, no nos es dado rendir nuestra posición ni pecar de triunfalismo, porque no podemos saber en qué fase estamos, y se nos juzgará por lo poco o lo mucho que hagamos según la situación real de nuestro frente.

Y observando esa realidad, lo primero que advertimos es la necesidad imperiosa de dos acciones: entrenamiento -formación y oración- y reagrupación de tropas. Esa es la razón de ser primordial de la comunidad o comunidades que proponemos: que sean el cuartel, el campamento donde se entrenen los soldados que tendrán que salir a combatir mañana.

En el mundo, por continuar con la analogía bélica, hoy somos soldados dispersos, que como sabe cualquier estratega son fácil presa del enemigo. La comunidad no es dar la espalda al Mundo, al campo de batalla: es concentrarse, hacer recuento y entrenar para entrar en combate con posibilidades de victoria.

Gonzal Varvique

Certa bonum certamen

 

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