“¿El Sínodo de qué?” me contestó mi amigo. No había oído hablar del Sínodo de la Amazonía. Tenía esa gran suerte. Un católico de misa diaria, interesado en lo que se esconde dentro de los muros vaticanos y no sabía nada de este diluvio de conferencias y asambleas que tanta confusión están sembrando entre los fieles. Me miró, ansioso, y dijo la única frase que no quería escuchar: “cuenta, cuenta”.

Cómo iba a explicarle que, en los jardines vaticanos, en el corazón mismo de la Iglesia y en presencia del Papa se celebraba hace unos días un rito pagano en el que unas cuantas personas se postraban ante falsos ídolos indígenas, con la posterior bendición de Francisco.

Cómo contarle que dos valientes tuvieron que sacar unas figuras de madera de la diosa Pachamama expuestas en la iglesia romana de Santa María en Transpontina y arrojarlas al río para desagravio por tal ofensa a Dios. Cómo, en mis cabales, podría reproducir en voz alta la reacción de Paolo Ruffini, Prefecto del Dicasterio para la Comunicación de la santa Sede, ante este acto heroico y obligado para cualquier católico, cuando lo definió como un “robo” y una “brabuconada”. No puedo decirle sin vacilar que el Papa de la Iglesia Católica, nuestro Papa, no solo no corrigió las palabras de Ruffini, sino que subió la apuesta comunicando que la policía había encontrado las figuras de la diosa pagana y las expondría en la misa de clausura del Sínodo en la Basílica de San Pedro, cosa que quedó en un farol y definitivamente no se ha hecho.

Ojalá ni yo mismo supiera que oficialmente la mayor preocupación de la Iglesia es la ‘ecología integral’ y salvar a la Madre Tierra, título que otorga el Santo Padre a nuestro planeta mortal en su último libro “Nuestra Madre Tierra”, y que hace temblar la concepción doctrinal de que solo la Santísima Virgen María es Nuestra Madre, en mayúsculas. Que llama a este lugar en el que pasamos nuestra vida temporal “la casa común”, cuando la única casa común por la que debemos velar es la eterna del Cielo, la que Cristo nos ha prometido. Que en un momento de la historia en el que, por ejemplo, todos los países civilizadores y de origen cristiano es legal matar a tu hijo antes de nacer, la gran fijación de nuestros pastores es la salud de los bosques o el uso excesivo del aire acondicionado.

Siempre hay un puñado de católicos más que optimistas con unas explicaciones fantásticas y enrevesadísimas para justificar actos manifiestos de idolatría. Y es que requiere de un extraordinario esfuerzo mental encontrarles el sentido a estas cosas. Es difícil no darse cuenta de que son los católicos insistentes en profundizar en su fe, los empeñados en ensanchar su corazón por la Gracia del Espíritu Santo los que observan con mayor preocupación estos envites cada vez más frecuentes a lo que ha enseñado la Iglesia durante más de dos mil años.

Puede que yo sea un rígido, escrupuloso de una liturgia que ha ido modelando cuidadosamente la Iglesia como el agua modela la roca, sin prisas ni pretensiones. Puede que a veces transmita con cierta desesperación lo que veo como una revolución sin contenido ni fondo, como el último capricho de los tiempos que pasará de moda el próximo otoño. Tal vez esté convencido de que el mensaje central del Evangelio es la salvación de las almas por la sangre derramada del Cordero, y no el de cuidar unos cuantos hábitos para evitar la polución, temiendo cometer un ‘pecado ecológico’. Puede que el “grito de la tierra”, como concepto, me parezca un insulto a la inteligencia.

Reconozco que desearía no saber nada del Sínodo de la Amazonía. Ojalá nunca hubiera sabido que existía la más mínima duda de que un ídolo expuesto en un templo católico es idolatría o que solo los hombres pueden ser ordenados sacerdotes. Y seguimos avanzando y dando pasos que irremediablemente, más que a sembrar confusión y dolor, huelen a cisma.

Rezad por la Iglesia, rezad por el Papa y nunca olvidéis que tenéis oídos para oír y ojos para ver. Que, aunque la barca de Pedro se incline, tendremos siempre el Sensus Fidei, Sensus fidelium y Sensus Ecclesiae.

 

Gonzal Varvique

Certa bonum certamen

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