El documento final del Sínodo contiene dos grandes tipos de errores. El primero hace referencia a los contenidos. No sólo son errores de orden teológico, sino también científico, histórico, sociológico y antropológico. Algunos son errores explícitos, como los de índole científica —el falso tópico del Amazonas como “pulmón del planeta”, que en realidad son los océanos, y más en concreto el fitoplancton—; otros son implícitos, como los teológicos.

Dentro de esta variedad de errores destaca la consideración del mito del “buen salvaje”, que entronca aspectos antropológicos, históricos, sociológicos y teológicos. La tesis central de todo el texto bascula sobre este falso mito que, además, lleva a una paradoja o aporía. Si sólo el buen salvaje de la Amazonía vive en armonía con la “madre tierra” y el “ser supremo” —entiéndase, Dios, según el lenguaje del texto—, ¿qué sentido tiene contaminarlo con la occidentalización que supone el Evangelio?

Para superar esta aporía, el Sínodo plantea deconstruir el Evangelio —de origen semita, pero escrito en lengua griega y transmitido, en gran medida, por una tradición latina—, bosquejando una suerte de nueva Iglesia Amazónica. Se da la interesante circunstancia de que las amazonas, en la mitología clásica, vivían al margen de la civilización, y habían erigido una sociedad alternativa sin varones. Sin duda, un modelo muy apetecible para el Nuevo Orden Mundial y los postulados feministas, que aspiran a emascular la sociedad, sobre todo la occidental.

Como se ha dicho en varias ocasiones, los impulsores de este documento, a la vez que pretenden crear una nueva forma de vida ministerial y sacramental en la Amazonía, se jactan de no haber bautizado, ni confirmado a nadie, durante años, en esas mismas tierras. Si los propios autores del texto no dan importancia a los sacramentos, ¿a qué ese interés repentino en generar una profusa vida ministerial y sacramental?

Luego intentaremos responder a esta cuestión. Dentro de los groseros —pero ambiguamente implícitos— errores teológicos del documento, podemos destacar dos, para no resultar exhaustivos. Primero, la vaguedad con que se define la Eucaristía. Se llega a decir que es un “símbolo” y se la relaciona con el “amor cósmico”, dentro de una teoría de ribetes panteístas, en torno al repetido tono “ecologista” del texto, así como su constante “compromiso con la madre tierra”.

El segundo es el relativo a las diaconisas. La mención de diaconisas —las hubo en la Iglesia primitiva—, y la existencia de diáconos en la Iglesia, puede inducir a error. ¿Es eso lo que se propone el texto? Porque las diaconisas nunca recibieron el orden ministerial, al contrario que el diácono. Su cometido se ceñía, sobre todo, a obras de caridad y al cuidado del pudor de las mujeres en las celebraciones litúrgicas, en especial los bautismos por inmersión. En Occidente, a partir de los ss. IV-V, los concilios eclesiales tienden a desaconsejar esa figura. Poco después desaparecen, si bien en las iglesias orientales siguió habiendo diaconisas durante la Edad Media, aunque cada vez en menor número. Las últimas diaconisas ya sólo tenían una consideración más bien social, sin responsabilidad concreta alguna.

Sin embargo, el texto sinodal da a entender que se pretende conceder una suerte de grado ministerial a mujeres, con un cometido litúrgico que jamás tuvieron las diaconisas de la Iglesia primitiva. Lo relevante es que, en un documento tan largo como este, se escamotea toda esta información, sin duda crucial. Cualquier persona que viera mala intención en estas omisiones pensaría que los autores del documento pretenden generar confusión. Tal confusión supondría zozobra en los creyentes de buena fe, así como daría pie a los medios de comunicación —sobre todo a los más hostiles a la Iglesia— a emplear titulares del tipo: “La Iglesia da el primer paso para ordenar mujeres sacerdotisas”.

El segundo gran tipo de error lo constituye el propio lenguaje. Se trata del lenguaje propio de la ONU, de los “lobbies” feministas y “LGTB”. No es un lenguaje que entienda un cristiano. No es el lenguaje del Catecismo, ni el de Benedicto XVI. No sólo por la abundancia de neologismos o “neolengua”, sino por su carácter eminentemente farragoso, críptico, para entendidos, para elites, para grupos de “activistas”. O, dicho a la manera más antigua posible, un lenguaje gnóstico. Aún más: es lenguaje —y unas fuentes doctrinales— “autorreferenciales”, por usar el lenguaje del papa Francisco. La lectura del documento puede presuponer que se prescinde claramente de toda la tradición de la Iglesia, pues no hay referencias a textos anteriores al Concilio Vaticano II. En general, es un documento “onfálico”, si se permite el palabro, ya puestos con neolengua.

Quizá ahora hayamos llegado al meollo de la cuestión. Corren en estos tiempos nuevas teorías en torno a la naturaleza de la verdad apostólica. Aseguran algunos que ese depósito de verdad revelada y depositada no se altera, sino que se “interpreta mejor”. Dicen que su “nuevo evangelio” no altera la verdad inmutable de la Iglesia, sino que la expresa “mejor”. Explicado con un ejemplo; es como si desde los Apóstoles hasta hoy la Iglesia hubiera transmitido un papiro con un texto de Homero, pero sólo hoy alcanzáramos a entender en su justo significado el contenido de tal papiro.

A veces, estos nuevos teólogos acuden a una parábola sobre las semillas para convencer de las bondades de su nuevo credo. Dicho de otro modo, y como si fueran Joaquines de Fiore redivivos, sostienen que ellos interpretan, por fin, la verdad de Cristo en su auténtico sentido. De ahí que la tradición estorbe, y por eso nunca la citen. Porque la tradición contradice su “nueva verdad evangélica”.

Y ahora es cuando podemos responder a la pregunta de por qué, de repente, les interesan tanto los sacramentos y el orden ministerial. Porque columbran que la Amazonía es una Arcadia virginal donde extender ese nuevo Evangelio depurado de todo elemento de la tradición occidental. Para ellos, la Amazonía es el punto de partida de la Nueva Iglesia. De ahí su acendrado interés en desarrollar una “teología con rostro amazónico”, crear nuevos órdenes ministeriales —para mujeres—, así como nuevos ritos de la misa, en una suerte de sincretismo.

 

Tomás de Canterbury

Rex eris, si recte facies

Deja una respuesta