La mujer de hoy rechaza de plano su papel en el hogar, un papel tan deseado en otras épocas: todo lo que una jovencita podía querer era un marido al que amar y por el que ser cuidada, protegida y querida, unos hijos a los que dedicarse en cuerpo y alma. Una casa propia.

Parece evidente, si lo piensas, que este rechazo nos ha roto por dentro, nos ha desligado tanto de lo que es nuestro y de lo que realmente somos que algo tan deseado, la ilusión inmensa de cuidar a un marido y una casa, se convierten en una carga insoportable que nos enfada, nos estresa, nos parece injusta y contra la que nos rebelamos. Porque nos lo hemos creído, pensamos que de verdad tiene que haber “algo más” para nosotras, porque así nos lo dicen. Algo que, siendo honestas, sea más sencillo; algo que no nos suponga sacrificio, entrega generosa, desprendimiento. No se estila decir que lo fundamental para ser una buena esposa y madre es olvidarte de ti misma en un mundo en el que lo que nos llega por los cuatro costados es la necesidad (como si verdaderamente fuésemos a ser más felices) de “empoderarse”. Esta ruptura nos convence de que el trabajo del hogar, el servicio esencial en lo oculto, es degradante, bajo, injusto y un constructo social masculino que pretende atarnos a su servicio. Distrayéndonos así, nos hace olvidar nuestras responsabilidades y obligaciones y, sesgándonos la información, nos hace pensar que es un encierro servil y jamás nos haría felices. Y nos lo hemos creído. Así, nos han convertido en personas infelices, que aborrecen a un marido (al que elegimos ilusionadas un día) que solamente genera gastos y trabajo, y no desean el don de los hijos, que nos atan a un hogar.

Nos hacen pensar que hombre y mujer son iguales, desechar que somos complementarios y que, siendo necesario que el hombre salga al mundo, es necesario que la mujer permanezca en casa, en la familia, primera célula de la sociedad, que es donde está verdaderamente su responsabilidad. Igualarnos al hombre en un papel que no nos corresponde nos hace infelices, porque la naturaleza que nos ha sido dada nos hace preferir papeles que, si fuéramos fieles a ellos, nos asemejarían más a la Virgen María. Papeles humildes, ocultos. La presencia de la mujer en el hogar favorece la crianza de niños estables, con verdadero arraigo, uniéndonos física y moralmente, llevando adelante a una sociedad que se desmorona, probablemente por causa nuestra, que hemos creído que teníamos tanto que aportar “fuera”, en el lugar del hombre, y devaluando lo de “dentro” y, además, obligando a otras mujeres a hacerlo con nosotras. La mujer es esencial en el hogar, y por tanto, en la sociedad, pero hemos querido pensar que debe estar “verdaderamente presente” en todos los ámbitos, que debemos cubrir el porcentaje de presencia en cada sector, sin darnos cuenta de que nuestra presencia ha de estar en la base. El sueño de una jovencita de ser mujer y madre es tan importante para ella porque es verdaderamente responsable de ser base de la sociedad, y con una necesaria presencia en la familia que es imposible si nos envían a servir a un jefe y nos prohíben servir a un marido. La actitud de servicio es esencial para la mujer como base de la familia y como base de la sociedad, la mujer ha de ser ese pilar que todos los miembros de la familia necesitan pisar para subir, primero hacia Dios, y después realizando su misión en el mundo. La actitud cristiana de olvido de uno mismo es esencial para este papel de pilar de la familia, pero es difícil y duro y, como prácticamente todas las actitudes cristianas, provoca rechazo, sin embargo será esto lo que nos haga felices como mujeres, lo que nos lleve a asimilar y a abrazar nuestro papel real, lo que haga que dejemos de buscar la felicidad en actitudes impropias de nuestro sexo.

Todo esto suena hermoso, pero a veces nos es imposible quedarnos en casa sin aportar nada a la economía familiar, ni permanecer con los hijos u ocuparnos en persona de la casa. Además, el trabajo “fuera” parece incluso un respiro, un alivio del trabajo de casa, una huida del trabajo tan duro del hogar necesaria para a veces sentirse más útil (por tener una retribución visible). Nos invade un “egoísmo disimulado”, porque ese alivio de las horas con niños gritando o llorando nos hacen volver a casa más tranquilas y satisfechas con nosotras mismas, y coger tal vez con más ganas a niños que gritan y lloran porque son niños, o a maridos que puede parecer que cargan con todo el peso de la vida familiar. También se nos cae encima la casa, con un trabajo que nunca termina y que si hace otra persona, desde luego es más agradable. Todo esto parece que justifica nuestra postura como mujeres trabajadoras, la contribución a la economía familiar, la tranquilidad de un respiro imprescindible, la mayor habitabilidad del hogar, que un profesional hace mejor que nosotras. ¿Es ésta la vía fácil? ¿Nos hemos olvidado tanto de la Providencia? ¿Nos dejamos llevar por el egoísmo? ¿Cuál es nuestra prioridad? Quizá es mejor para una esposa y madre buscar un trabajo que pueda apoyar la economía familiar que quizá no dé tanto dinero, pero facilite ocuparse del hogar y de los hijos y atender al marido cuando llega, realizándolo desde casa o dedicándole menos horas. Es más duro, desde luego, más cansado, más difícil. Eso hace pensar que tomamos el camino sencillo, que confiamos en nuestros propios medios más que en los divinos y que tratamos de huir de las responsabilidades, las obligaciones, las dificultades.

A veces, de todas formas, es necesario y bueno un respiro que muchas buscamos en el trabajo como vía fácil, como vía de evasión, pero que se puede encontrar de otra manera, buscando momentos para nosotras en aficiones que no sean necesariamente trabajar, y que no nos generen el estrés que pueda provocarnos el trabajo o no nos hagan rechazar el hogar, dedicar tiempo a una misma para reponer fuerzas y poder dedicarse mejor a los nuestros.

Es curioso que al final de la vida nadie se pregunte si trabajó lo suficiente, ni siquiera los no creyentes, si no más bien si tuvo un matrimonio exitoso o unos hijos que lo quieren. En fin, si tuvo una vida de entrega. Normalmente, hay más arrepentimiento por dedicarse demasiado al trabajo y por “ausentarse” de la vida de familia que por lo contrario. Cuando vas a convertirte en madre, nadie cuenta los momentos duros (que existen) y es por eso que surgen clubs de “madres engañadas” a las que nadie les dijo que la maternidad era dura, que no era un camino de rosas, que deseas muchas veces abandonar. Tampoco mencionan que compensa, porque las actitudes de desprendimiento siempre compensan.

No está de moda hablar de la verdadera condición de la mujer. Nos han engañado tanto que hemos llegado a creernos que nuestro papel es diferente del que es y, tristemente, nos han relegado a uno que ni nos gusta ni se nos da bien, y nos hemos creído tanto el engaño que nos parece más razonable entregarnos antes a un jefe que a un marido al que hemos elegido y amamos, o a unos hijos que son fruto de ese amor.

Carola Núñez

Véritas Dómini manet in aeternum

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