Una vez más, y en cumplimiento de la agenda que marca el modernismo, se produce un nuevo ataque contra la vida y dignidad del hombre. El pasado 11 de febrero el Congreso de los Diputados abrió el debate sobre la tramitación de una ley de eutanasia. La fecha elegida nos dará algo de luz sobre el origen siniestro de dicha iniciativa, ya que eligieron la festividad de Nuestra Señora de Lourdes, patrona de los enfermos.

La excusa para introducir tan abominable práctica es acabar con el sufrimiento humano, aunque sus impulsores bien saben que matar a alguien no acaba con el sufrimiento, acaba con el sujeto en cuestión. Es una medida propia de aquellos que pretenden exterminar a media humanidad para acabar con el hambre en el mundo. En uno y otro caso hambre y sufrimiento volverán a aparecer, ya que las mencionadas acciones no atacan ninguno de esos padecimientos, atacan a los que tienen que soportarlos. La solución es preocuparse por el prójimo, acompañarlo, atenderlo y cuidarlo. Pero en nuestra sociedad la persona es lo de menos, no importa en absoluto, solo importa si es útil y productiva, si puede ser una pieza más del engranaje consumista.

En segundo lugar, la intención en este tipo de normas siempre es otra. La justificación de acabar con el sufrimiento de muchas personas es el caballo de Troya. La verdadera intención es que unos decidan sobre la vida de los otros. Normalmente por criterios utilitaristas. Así, cuando alguien se convierte en una molestia, no hay más que deshacerse de él. Se consigue cerrar el círculo del aborto y decidir sobre la vida de aquellos que escaparon a la primera criba. Es cierto que los primeros afectados son siempre los más débiles – una muestra de la cobardía de los que aplican la medida – pero la experiencia demuestra que la fórmula acaba haciéndose extensiva a cualquier sujeto.

El tercero de los problemas es que, para que la norma pueda ser aplicada, es necesario que exista un ejecutor. De este modo el Estado pretende convertir en asesinos a aquéllos que juraron salvar vidas humanas, presionando a los que no quieran manchar sus manos con la sangre de sus semejantes y, en última instancia, dar rienda suelta a los instintos homicidas de sujetos que deberían estar entre rejas. No se trata ya de que un sujeto quiera acabar con su vida, sino de obligar a que sea otro el que acabe con su vida.

Finalmente, una ley de estas características vendrá acompañada de un montón de consecuencias no deseadas, como el hecho de que algunos homicidios dejarán de ser investigados y el sistema pondrá en bandeja nuevas triquiñuelas para dejar impunes muchos crímenes; la desincentivación en la investigación de cuidados paliativos, lo que sí provocará un sufrimiento innecesario en muchas personas; nuevas subvenciones al negocio de la muerte alimentando una industria que no deja de crecer. Los límites, de momento, solo los pone nuestra imaginación, pero las consecuencias serán aún más devastadoras.

A ninguno se nos escapa la decadencia actual de occidente, es el principal motivo que mueve a los impulsores de esta página a alejarse de las ciudades y refundar la sociedad occidental como ya se hizo anteriormente con la decadente Roma. Nuestra sociedad ha roto con Dios, y, al romper con Él, el concepto de prójimo pierde todo significado y la última solución es eliminarlo. Así pues, lo primero a tener en cuenta en esta pequeña aventura es no perder de vista a Dios y al prójimo.

 

Charles Ryder

Facta non verba

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