A veces se me ocurre que la civilización moderna es una conjura contra el tacto, una conspiración contra nuestras manos y su terrible poder.

Naturalmente, el modo de conseguir esclavos razonablemente felices es conseguir que olviden lo que han perdido, y que aborrezcan lo que creen haber dejado atrás, creando una imagen horrible del mundo sin las modernas cadenas, eso que llaman ‘progreso’. Pero no se nos ponen obstáculos a la vista, al oído. Al revés, se nos anima a que vivamos vicariamente la vida perdida como turistas de ese que fue nuestro pasado común, con vídeos y fotografías. Es un modo, al fin, falseado pero medianamente satisfactorio de experimentar una vida más cercana a lo real, a la tierra. Vivimos como a través de un avatar, por la imagen, por los sonidos, de todo lo que fue el patrimonio natural de nuestros ancestros, administrados en pildoritas fáciles de tragar y compartir, entre una vida hogareña sin fuego ni hogar y los empleos asesinos del espíritu humano en los que pasamos nuestra existencia.

Otra cosa es el tacto. El tacto es demasiado peligroso. No pueden tolerar que recordemos la inesperada satisfacción de tocar, de manipular, de hacer las cosas con nuestras manos. Que recordemos la capacidad que tienen nuestras manos de crear, de hacer cosas que funcionan, de hacer cosas bellas, de hacer con nuestras manos que crezcan y críen y se transformen, de crear bien y belleza. Un niño que ve a su padre enfrentado a la naturaleza, de poder a poder, tocando lo que hace, sin otro principio creador que sus propias manos, dominando elementos, domando la aspereza de las cosas para transformarlas en lo que es útil y bello, está no solo aprendiendo una lección concreta, práctica, de su propio poder de crear, o subcrear, de confiar en su propia maestría, de hacerse, en fin, un hombre, sino que establecerá una especial relación con su padre y con toda la cadena de su sangre que le ha dado la vida, que le ha hecho lo que es y como es. Nada en el mundo sustituye eso, nada en el mundo se parece a eso. Eso es lo que nos han robado al robarnos el tacto, el contacto con lo real: la herencia, esa transmisión de una generación a otra que puede ser de técnicas o de formas, que puede ser de canciones o viejas historias que, en sustitución de banales y repetitivos videojuegos, estimulen una imaginación ávida de alimento, como terreno propicio.

Tocar lo que se hace no se parece a nada. Mirar, usar lo que se ha hecho, lo que se ha tocado, lo que se ha manipulado con esfuerzo, no se parece en absoluto a comprarlo. Es un amoroso combate contra los elementos, que primero se resisten y luego ceden al ingenio de las manos. De manos que recuerdan, tanto como recuerdan los ojos.

 

Carlos Esteban Rodríguez

Vivere non necesse est, navigare necesse est

Deja una respuesta