Vivimos en un mundo globalizado y corrupto. Sí, me refiero a Occidente, a esta civilización inmensa que otros levantaron antes que nosotros a lo largo de siglos y siglos, y lo hicieron con una visión sobrenatural del hombre. Con una visión cristiana. Esta civilización vio construir catedrales como Notre Dame, pinturas sublimes como el fresco de la Capilla Sixtina o sonidos tan elevados como el Miserere mei, Deus de Allegri. Maravillas cuyo eco aun retumba débilmente entre los muros de nuestra Europa. Y no es que hayamos perdido la capacidad de hacer todas estas cosas, es que hemos olvidado el fin.

La propaganda LGTBI o ideología de género, es la nueva moda, una “revolución” subvencionada por El Estado y las grandes corporaciones para adoctrinar a una sociedad ávida de protagonismo y emociones vacías, que se ha convertido en una imposición y es tan eficaz en su labor censuradora que sus detractores son castigados con puño de hierro. La dictadura de los depravados. ¿De verdad queréis que a vuestros hijos les enseñen en el colegio que las niñas pueden tener pene y los niños vagina? ¿Aceptaréis sin condiciones un mundo en el que le pueden quitar a un padre la custodia de su hijo por no concederle un cambio de sexo a sugerencia del psicólogo de turno? Con esto no pretenden más que destruir el orden, el que ha sido y será siempre el centro de la historia: la familia.

La mayoría de vosotros, como yo, sufrís otro pequeño inconveniente al que nos hemos más que acostumbrado: el estrés en un trabajo mal pagado. Se trabaja más y se gana menos, esto lo sabe cualquiera. Con suerte podemos permitirnos mantener a uno o dos hijos, medio ahogados en gastos, sin tiempo para disfrutar de la familia. Ambos padres trabajando, haciendo auténticos milagros para que sus hijos les vean las caras un rato breve todos los días. Y no sé vosotros, pero yo quiero poder estar con mi mujer y mis hijos más que el suspiro de tiempo que te proporciona el llegar a casa molido después de largas horas dedicadas a que mi jefe se sienta un poquito menos disgustado. Quiero que mis vástagos puedan correr por el campo cuando quieran, haciendo tonterías, jugando a juegos normales, inventando mundos. Siendo libres. Siendo niños. No es que haya tenido una mala infancia, pero quiero ofrecerles lo mejor que pueda darles.

Somos ya muchos los jóvenes (y no tan jóvenes) cristianos que buscan una vida con un sentido más profundo, que mire hacia Cristo. Personas que no se conforman con un mundo enfermo, exhausto por el extendidísimo relativismo moral. Somos los que creen que la comunidad es fundamental para el crecimiento del hombre, en todos los sentidos. Católicos conscientes de que la persecución es cada vez más evidente y feroz, y que aquellos que quieren vernos desaparecer son cada vez más fuertes. Hemos olvidado cómo vivían nuestros padres. Hemos olvidado que somos la luz de Trento, espada de Roma y martillo de herejes. Somos la semilla de mostaza.

La Semilla de Mostaza es un foro creado para unir a todos los que queremos vivir en comunidad en algún lugar de España, en el campo, donde podamos organizarnos libremente y podamos escapar de la censura y el absurdo del mundo postmoderno. El primer paso es hablar entre nosotros y estudiar las formas de hacerlo posible. Hay mil cuestiones que discutir, mil cosas por hacer, y no es algo que vayamos a conseguir en unas pocas semanas. Necesitamos ideas, resolver preguntas como ¿a qué nos vamos a dedicar para conseguir el sustento?, ¿por dónde empieza la transición del cambio de vida?, ¿dónde viviremos? En este blog propondremos ideas, publicaremos entradas sobre pueblos habitables, legislación de propiedad y suelo, sobre cultivo, caza, crianza de animales, construcción de edificaciones y mucho más.

Sabemos que no será fácil, y por eso tendremos en cuenta las palabras de Chesterton: “La aventura podrá ser loca, pero el aventurero, para llevarla a cabo, ha de ser cuerdo”

¡Bienvenidos!

Gonzal Varvique

Certa bonum certamen

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