Que fácil es encontrar a Dios en el campo.

El hombre moderno, ser urbano por naturaleza, ha olvidado a Dios. Encerrado en una espiral de bienestar y abundancia, el hombre moderno ha colmado su existencia de comodidades, de lujos impuros, de vicios denigrantes, de entretenimientos burdos; así, embrutecido su pobre espíritu corrompido, ha creído poder prescindir del Altísimo. Y es precisamente en las grandes urbes y en esas ciudades de provincias artificialmente infladas por el éxodo rural, donde el desgraciado y pobre españolito encuentra todo lo necesario para cubrir sus comodidades, sus lujos, sus vicios y sus entretenimientos.

Cuando el hombre moderno se topa cara a cara con su propia fragilidad, encuentra bajo sí el abismo insondable de la duda, del vacío. Esto se observa fácilmente en su actitud ante la muerte; esa que tratan de ocultarnos en la lejanía aséptica de los tanatorios, pero que tarde o temprano llega a nuestras vidas cuando alguien cercano fallece. La actitud del hombre moderno ante la muerte es la de un autómata, un sonado que no encuentra explicaciones a su propia existencia. Ya no sabemos tratar la muerte con naturalidad, porque al desterrar a Dios de nuestras vidas hemos arrojado tras Él el bálsamo consolador de las verdades cristianas que nos hacían saber que no es el final.

Qué distinta era la vida del hombre del campo; frugal, sencilla y llena de Dios. Era el suyo un caminar por la tierra con la vista puesta en el cielo.

Cuando el pastor, a la cabeza de su ganado, miraba el cielo plomizo y cerrado, barruntaba la tormenta. Lejos de su hogar, encerrado el rebaño en un corralillo, se resguardaba él en una vieja cabaña de piedra y observaba arreciar la tempestad. Quien ha visto el fulgor del relámpago iluminar la inmensidad del campo en la noche; quien ha escuchado el trueno multiplicarse en mil ecos entre las peñas; quien ha sentido la lluvia cayendo impenitente sin otro refugio que una angosta casilla pastoril y una manta, ha experimentado la fragilidad humana. Y ha musitado una oración. Qué fácil es encontrar a Dios en el campo.

El labrador, desde su casa, contemplaba acongojado la misma tormenta. Él está seguro, pero la mies de la que depende su sustento, no. Quien ha temido perder su pan bajo un voraz pedrisco, ha experimentado la fragilidad humana. Y ha prendido una vela a santa Bárbara. Qué fácil es encontrar a Dios en el campo.

Es de naturaleza que aquel pastor y aquel labrador, habiendo experimentado a menudo la fragilidad de su condición humana, pertenecieran a comunidades sanas que colocaban a Dios en su mismo centro, organizando su modo de vida, sus costumbres, sus interacciones humanas, siempre bajo la ley natural de Dios. Y por supuesto, es de naturaleza que aquellas gentes humildes en su vivir, pero inundadas de sabia teología, no temieran enfrentarse con una muerte que vivían de forma natural en su entorno.

Y es por ello que el mundo rural español, resistiendo frente a viento y marea, mantuviera sus maltrechas instituciones pese a la revolución, el liberalismo, las desamortizaciones, el comunismo y las guerras tras la caída del Antiguo Régimen, claudicando ya en los últimos años del franquismo, con ese éxodo que desangró nuestros pueblos.

Hoy, el hombre contemporáneo, eminentemente urbanita, no experimenta la debilidad humana. El estado del bienestar nos mantiene atiborrados de comodidad.

Víctor

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