«Tantos días que pasan de enero, tantos ajos que pierde el ajero» Y hay quien añade: «en la tierra y en el alero». Nos alerta el refranero, siempre sabio y fundado en la experiencia de quienes nos han precedido, que la siembra del ajo posterior al mes de enero supondrá una merma en la producción; y aún más, que los ajos almacenados el año previo – normalmente se guardaban en las cámaras o desvanes de las viviendas, de ahí la referencia al alero del tejado- comienzan a estropearse a partir de estos días.

Lo cierto es que la fecha óptima de siembra oscilará según la zona y el clima, así como la variedad de ajo que utilicemos -existen algunas que van mejor en primavera-. Pero, al menos en Castilla, se acostumbra a sembrar los ajos entre finales de octubre y enero, coincidiendo con los meses fríos.

Una vez deshechas las cabezas y obtenidos los dientes, daremos labor generosa al pedazo de tierra que deseamos sembrar. Se puede optar por una plantación con o sin surcos, según la preferencia personal del ajero. Si optamos por la primera alternativa, basta con realizar unos surcos estrechos una vez removida la tierra. Cada hilera de ajos deberá estar separada de la contigua unos treinta centímetros, dejando una distancia de veinte centímetros entre golpe y golpe. La siembra se realiza ayudándonos de un simple palo que introducimos en la tierra, depositando el diente de ajo en el orificio resultante, siempre en su posición natural, y cubriéndolo de tierra que compactaremos con un dedo. La profundidad ha de ser de unos veinte centímetros, procurando no dejar la simiente muy somera. «El ajo profundo, y la cebolla que vea el mundo». La ceniza ha sido utilizada tradicionalmente como abono de cobertera para el ajo, extendiéndola sobre la tierra que se ha sembrado.

Los cuidados que requiere el ajo son escasos. Bastará con escarbarlos un par de veces con una azadilla sin profundizar demasiado, procurando eliminar la hierba y dar algo de labor. El riego vendrá condicionado por las precipitaciones, pero basta con observar la planta para saber si requiere agua. Si la primavera viene lluviosa, puede que no sea necesario ningún riego, pudiendo llegar a dos en los años más secos.

Hacia junio se recolecta el ajo, ayudándonos de una azada que introduciremos por debajo de la cabeza que se ha formado en la tierra, procurando no dañarla. Una vez recogidos, la mejor manera de almacenarlos consiste en eliminar la parte superior del tallo y formar haces que ataremos con cuerda, dejándolos después en un lugar seco, preferiblemente colgados.

Víctor

Tradidi quod et accepi

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